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13 agosto 2009

Instrucciones para hacer una encuesta

La encuesta es una herramienta de estudio, un procedimiento para obtener información mediante entrevistas basadas en un cuestionario. Es la técnica que más se utiliza para la obtención de datos que luego influirán en la toma de decisiones. Decisiones que generalmente consisten en dejar las cosas tal como están.
Para realizar una encuesta, es imprescindible el diseño previo de un cuestionario.
Para ello, existen unos seres misteriosos, casi mitológicos. Todos sabemos que existen, aunque no los hemos visto jamás. Estos seres, llamados Técnicos, viven aislados del mundo, encerrados voluntariamente en cuartos sin ventanas con las paredes forradas de títulos universitarios que, de más está decir, no bajan de Licenciaturas. Ellos son los encargados de elaborar el cuestionario y redactar las preguntas que hombres y mujeres reales accederán a contestar.
El nexo entre el mundo real y el Técnico, es el Encuestador. Un ser mágico capaz de conseguir, por ejemplo, que una persona recién llegada a casa después de un día agotador y rodeada de hijos y pareja exigentes, escuche, interprete y responda a preguntas como las siguientes:
  • En el último año (12 meses, 365 días, etc.), ¿cuántas veces ha consultado usted la hora en un reloj? (y dónde sino)
  • En el marco económico actual, ¿cree conveniente la aplicación de medidas intervencionistas que aseguren el superávit en el saldo de la balanza comercial?

De acuerdo, estas dos me las he inventado, pero poseo pruebas empíricas de que no me he alejado mucho de la realidad.

Evidentemente, no cualquier mortal puede ser Encuestador. No es que haya que pasar por Hogwarts, pero existe una serie de reglas que deben cumplirse a la hora de realizar una encuesta y que no cualquiera está dispuesto a aceptar. Dichas reglas serán detalladas a continuación, con algunos añadidos propios (entre paréntesis): -La encuesta debe ser realizada en su totalidad al entrevistado (es decir, no se invente la encuesta)

-No deben ser falseados los datos del entrevistado (si se llama María, no diga que es un hombre porque no se lo cree nadie)

-No debe omitirse ninguna pregunta (por muy larga que resulte la encuesta o muy estúpida que resulte dicha pregunta)

-La amabilidad, la educación y las ganas de hacer las cosas bien deben mantenerse durante todo el contacto con el entrevistado (si quiere insultarlo, espere a acabar la encuesta y encontrarse a una distancia que le asegure no ser escuchado)

-Se requiere seguridad y confianza en uno mismo para reducir el número de negativas (es decir, esto sirve para algo: créalo)

-Las preguntas deben leerse literalmente, tal y como han sido diseñadas por los técnicos. (…)

-No se debe condicionar las respuestas (“Si elige la primera lo mato”) ni reaccionar negativamente ante ellas (“¡Cómo se le ocurre decir eso! ¡Tiene que estar usted loco para pensar así!”)

-Salvo indicación contraria, las encuestas se realizaran en el domicilio del entrevistado, por lo tanto se debe confirmar que éste vive allí habitualmente (evite hacer la encuesta al amante ocasional, salvo que éste le invite a pasarse por su casa)

-Al acabar la encuesta, el entrevistador agradecerá la colaboración y se despedirá cortésmente (se ruega a los/las encuestador/as no seducir a los/las entrevistados/as: no está bien visto)

Los encuestadores telefónicos (sus poderes mágicos son los mismos, pero trabajan en una oficina, con la vista fija en un monitor y la oreja pegada al auricular del teléfono) deben cumplir, además de lo anterior, unas normas de conducta bastante específicas:

-Puntualidad

-Higiene personal y del espacio de trabajo

-Control de sus adicciones (tabaco y demás…), excepto durante el período de descanso (aunque en éste sólo se acepta el tabaco)

Además…

-Está prohibido realizar llamadas personales sin permiso (cuando pida permiso, recuerde especificar si la llamada es local o internacional)

-Se ruega no romper el material de trabajo

-Es indispensable sentarse correctamente y mantener las formas (…)

Todas estas normas aseguran a nuestros técnicos la fiabilidad de los resultados posteriormente recogidos en informes que serán entregados a personas importantes que no los leerán jamás...

Hasta el próximo tic tac

06 agosto 2009

Maternidad patológica.

Por qué la maternidad ha de implicar, indefectiblemente, el sufrimiento eterno? A nadie (o casi) es ajena la ingratitud que todos los padres soportan en ciertas etapas de la vida de sus hijos (la condición de retoños nos es común a todos). Pero lo que me pregunto es: ¿Por qué la maternidad es la única que tiene la obligatoriedad del sufrimiento como garantía de calidad.
"Hay mujeres para quienes los hijos no son lo más importante del mundo: como éste no era el caso, "mi mujer" prefirió vivir todos los dolores del parto como una campeona." Escuchando frases de esta guisa, no puedo evitar que el rechazo de la epidural me resulte no menos que misógino. Con cada contracción estamos expiando la culpa de nuestro pecado original... del nuestro y del de todo el universo!! ¿Es que aquellas que padecen (sí, "padecen" porque no nos olvidemos que es una intervención quirúrgica) una cesárea se preocupan menos del bienestar de sus hijos? ¿O,acaso, quienes pueden elegir un parto natural con ayuda de la epidural serán peores madres? Eso significaría que las mujeres que prefieren tener a sus hijos de la manera más natural posible (en sus casas, amparadas por una comadrona) tienen garatizada la educación y la calidad humana de sus vástagos en el futuro. No hace falta retroceder mucho en el tiempo para concluir que, de ser esto cierto, el mundo en que el vivimos sería otro...
Sarcasmos al margen, no tengo nada en contra de quienes eligen soportar el dolor. Lo que me resulta molesto es que esto sea enarbolado como bandera de la maternidad. Porque esta elección no es más que eso: una elección, personal y femenina, a la que deberíamos optar libres de presiones externas. Cada mujer debería poder decidir en cualquier momento si padecer o no los dolores del parto, sin tener que buscar luego excusas que alivien conciencias y desvíen miradas acusadoras.
Dudo mucho que una extracción de muelas sea más doloroso que un parto; sin embargo, a nadie se le ocurre hacerse el valiente frente al dentista ni, mucho menos, salir de allí alardeando de ello (básicamente porque le tacharíamos de idiota).
Francamente, me resulta irritante la superioridad con la que algunas mujeres describen cómo lloraban de dolor mientras sus bebés mamaban leche, sangre y angustia... Sobre todo, cuando 20 o 30 años después las oyes llamarlos por teléfono, al mediodía, para que se levanten de la cama y, de paso, para instruirlos en la ubicación de un desayuno que ella, como buena madre, le ha dejado listo para calentar...
Hasta el próximo tic tac